TRADICIÓN

Mi limpia en el mercado Hidalgo

Bety, curandera del puerto, y el antiguo arte de barrer el alma entre hierbas, huevos y silencios.

Entré al mercado Hidalgo siguiendo el rastro invisible del incienso. No fue una decisión: fue el olor el que me jaló, una mezcla espesa de copal, cera caliente y plantas recién cortadas que se me metió por la nariz y me empujó hacia adentro, como si el mercado me hubiera estado esperando desde antes.

Afuera, la avenida Madero hervía en su ruido habitual; adentro, el tiempo se dobló. El mercado es un organismo vivo: respira en pasillos estrechos, transpira humedad y murmullos, palpita con colores que no se ven en otro lado. Verdes oscuros de ruda, amarillos gastados de veladoras, rojos encendidos de listones y santos. El suelo pegajoso, las lámparas cansadas, los puestos como altares cotidianos. Aquí nadie vende por vender: aquí se ofrece fe, costumbre, herencia.

Avancé por los pasillos del esoterismo —tres líneas torcidas que se cruzan como un símbolo antiguo— y sentí las miradas suaves de quienes atienden. No inquisitivas, no burlonas. Atentas.
—¿Qué busca, amigo?
La pregunta no era comercial: era diagnóstica. Yo no supe responder de inmediato. Tal vez buscaba alivio. Tal vez silencio. Tal vez entender por qué cargaba el cuerpo tan pesado.

Bety y el cuarto mínimo donde se barre el alma

Así llegué con Bety.

Su local es un cuarto mínimo, casi secreto, de dos metros cuadrados que pasa desapercibido para quien no sabe mirar. Una luz amarilla cuelga del techo como un sol cansado. No hay ventanas, no hay ventiladores. Hay plantas. Muchas. Ramas colgadas, ajos como collares, hierbas secándose en silencio. El aire es denso, pero no hostil: huele a tierra, a medicina vieja, a algo que reconoce el cuerpo aunque la cabeza dude.

Bety me miró sin prisa. Tiene 76 años y una respiración trabajosa, como si cada bocanada de aire fuera también un acto de voluntad. Me indicó la silla. Me senté. En ese gesto simple empezó todo.

La limpia fue paso a paso, sin espectáculo. Tomó las ramas —ruda, romero— y comenzó por la cabeza. Sentí el roce frío de las hojas, el golpe leve de los tallos contra la espalda, los brazos, el pecho. No dolía. Despertaba. Como si me estuvieran barriendo por dentro. Bety murmuraba palabras que no intenté descifrar: no hacía falta. El huevo pasó después, recorriendo mi cuerpo con lentitud, absorbiendo —eso sentí— lo que yo ya no podía cargar.

El mercado desapareció. Ya no escuchaba pregones ni pasos ni monedas. Solo su respiración agitada, mi propio pulso y una sensación inquietante: algo antiguo estaba siendo nombrado sin palabras. Pensé en Catemaco, en Oaxaca, en su padre vidente, en todo lo que no cabe en los libros pero sí en las manos.

Cuando terminó, Bety estaba sudando. Se limpió la frente con el dorso de la mano y sonrió con cansancio. No me prometió milagros. Me dijo que descansara, que tomara agua, que cuidara mi ánimo como se cuida una planta delicada. Eso fue todo. Y fue suficiente.

Entre Catemaco y el puerto: la herencia viva de la limpia

Salí del cuarto distinto. No ligero —no todavía—, pero abierto. El mercado volvió a sonar, a moverse, a vender. Vi entonces a los locatarios con otros ojos: no como comerciantes de lo extraño, sino como guardianes de saberes que resisten. Aquí llegan profesionistas estresados, madres desesperadas, amantes rotos, incrédulos curiosos. Aquí se mezclan la herbolaria, la magia blanca, la fe católica y los rezos prehispánicos sin pedir permiso.

El mercado Hidalgo no es un lugar para el morbo. Es un espacio de dignidad. De trabajo duro. De ayuda. Cada planta tiene nombre, cada vela intención, cada limpia un desgaste real del cuerpo de quien la hace. Bety gana 200 pesos por sesión, pero deja ahí algo más caro: su aliento.

Cuando salí a la calle, el sol del puerto me pareció excesivo. El ruido volvió a imponerse. Pero algo se había acomodado adentro. No un secreto revelado, sino recordado: que hay lugares donde el mundo todavía se cura con manos, con plantas, con fe discreta. Y que, a veces, basta con dejarse limpiar para volver a escuchar lo que el cuerpo llevaba tiempo diciendo.

Catemaco, el umbral de los brujos

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