TRADICIÓN

El santo en la puerta

Cuando el viento del norte sopla, hasta las leyendas parecen llamar desde el otro lado.

En el corazón de Veracruz, a medio kilómetro del mar que late como un pulso antiguo, el viento del norte desata su propia sinfonía. Es un rugido que atraviesa las calles, golpea las fachadas coloniales y se enreda en los balcones de hierro. Las olas, invisibles pero presentes, se estrellan contra el malecón con un estruendo que recuerda a tambores lejanos, mientras el aire silba entre las palmeras y deja en el ambiente un velo de sal y niebla. Se antoja hablar sobre leyendas y uno que otro santo.

Por las rendijas de puertas y ventanas, en nuestra casa de techos altos, se cuela una arena fina que se posa sobre los mosaicos como un polvo de antiguos naufragios. A veces forma dibujos caprichosos, como si alguien —o algo— escribiera mensajes desde el fondo del mar.

Aquí, en este refugio donde el Golfo respira en cada ráfaga, mi familia se reúne en la sala iluminada por lámparas de luz ámbar. Mi padre, sereno, con un libro de crónicas viejas entre las manos, rompe el silencio mientras el viento aúlla afuera como un coro de almas.

—Escucha este viento —dice—. Es el mismo que dio origen a las leyendas de nuestra costa.

Entonces evoca a la Mulata de Córdoba, la mujer que se desvaneció entre la bruma dejando en la piedra el dibujo de un barco imposible.

Mi madre, con voz de marejada, agrega: —Y la Sirena de Tamiahua, la que canta desde las lagunas para atraer a los perdidos, prometiendo amor o condena.

Nombran también al pirata Lorencillo, sombra que ronda las dunas en busca de su tesoro maldito, y a La Llorona, cuyo lamento todavía se escucha en los ríos del estado, como un recordatorio de lo que no se puede olvidar.

Mientras hablan, la arena se arremolina a nuestros pies, girando en remolinos diminutos como si el tiempo mismo respirara dentro de la casa. Y en medio de ese instante, entre las historias y el viento, comprendemos lo esencial: que en Veracruz lo cotidiano siempre roza lo legendario.

El norte sopla, y todo —la ciudad, la memoria, nosotros— parece formar parte del mismo misterio.

Entonces lo escucho: un golpe leve en la puerta, como si alguien tocara desde el otro lado del viento. Me levanto, la abro con cautela… y lo primero que veo es la imagen de un santo, cubierta de arena, mirándome con los ojos del mar.

Las playas secretas de Alvarado

Juan Carrera

Joven reportero que conoce todos los callejones de Veracruz, empezando por Veracruz Puerto y Boca del Río.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button