Me detuve en la orilla como quien se queda sin palabras frente a un secreto.
El cielo estaba gris, pero no triste: era un gris antiguo, como si aún guardara memoria del primer día del mundo. Sobre el agua flotaba una lancha humilde, cansada, y en su lomo se alineaban los pelícanos, uno junto a otro, como notas sobre un pentagrama marino. Miraban al horizonte con una paciencia que solo conocen las cosas que han visto nacer muchas veces al sol.
Levanté la cámara. En ese instante pensé en el origen del mundo: en el primer temblor del agua, en el primer pájaro que se atrevió a tocar el aire. Sentí que esta escena era un eco de aquello. El agua quieta como un vientre antiguo. Las aves como ideas recién creadas, posadas sobre una barca que bien podría ser el primer intento humano por flotar sobre el caos.

Arriba, una gaviota cruzó el cielo. Solitaria. Libre. Como si acabara de inventar el vuelo.
Mientras encuadraba, se me acercó un hombre. De esos que caminan sin prisa, con historias guardadas en los bolsillos.
—Siempre se paran ahí —me dijo señalando a los pelícanos—. Dicen que esperan a que el mundo les dé otra oportunidad.
Sonreí.
—¿Otra oportunidad para qué?
—Para volver a empezar —respondió—. Como nosotros.
Disparé la foto.
En el fondo, supe que tenía razón. Aquellos pájaros, esa lancha vieja, el río que respira lento, el cielo que observa: todo parecía estar esperando el momento justo para renacer. Como si cada día el mundo se volviera a crear aquí, en Boca del Río, con materiales sencillos: agua, alas, madera, silencio.
Sentí gratitud.
Porque el origen del mundo no está tan lejos.
Vive en estas escenas pequeñas.
En lo cotidiano que se vuelve sagrado cuando alguien lo mira con amor.
Guardé la cámara.
Y supe que no había fotografiado un paisaje,
sino un comienzo.



