GUSTO

Teocelo a sorbos

Tres días donde el café revela su alma entre talleres, música y rutas de montaña.

El primer aroma me alcanzó antes de entrar al pueblo. Una mezcla de pan tostado, tierra húmeda y ese dejo dulce que solo tienen los cafetales cuando despiertan. Teocelo, en estos días de noviembre, parece respirar al ritmo del grano. No es casualidad: el Festival Cultural del Café vuelve a convertir sus calles en un territorio donde el sabor, la memoria y el oficio se encuentran sin prisas, como si toda la región supiera que el café es más que cultivo: es identidad.

Llegar no es difícil, y vale el viaje. Desde Ciudad de México, la ruta más franca es tomar la autopista México–Puebla, continuar hacia Perote y luego descender hacia Xalapa para finalmente trazar los últimos kilómetros hacia Teocelo; son poco más de 5 horas y media entre asfalto y cambiantes tonos de verde. Desde el Puerto de Veracruz, en cambio, el viaje es más breve: una hora y media que va dejando atrás la costa para adentrarse en los cerros.

El festival —organizado por la Secretaría de Cultura de Veracruz en coordinación con el ayuntamiento de Teocelo— se siente, más que como un evento, como un gran respiro compartido. Tres días: 21, 22 y 23 de noviembre, entrada libre, y un itinerario donde cada espacio invita a aprender, saborear, escuchar, mirar… y, sobre todo, sentir.

Programa General

El café como experiencia total

Me detengo primero en los talleres, donde los tostadores hablan con la misma pasión con la que uno describe un mapa antiguo. Aquí se enseña a preparar métodos de extracción con paciencia casi monástica; allá, un grupo practica catación sensorial, observando la taza como si contuviera un secreto del bosque. También hay sesiones de tostado artesanal y arte latte, que atraen a quienes buscan pulso y espuma perfecta.

El Pabellón Gastronómico es otra historia: pan artesanal recién salido del horno, antojitos de comal, reposterías que dejan un rastro de mantequilla y miel. Cada bocado parece dialogar con las acideces cítricas o los perfiles achocolatados de las tazas servidas a un costado.

En la Expo Venta y Artesanía, más de cuarenta expositores muestran cómo el café trasciende la taza: jabones, cerámica, textiles teñidos, mieles y chocolates. Todo habla de un territorio donde el grano es memoria, sustento y creatividad.

Las Rutas del Café —dos horas caminando o rodando entre cafetales— son quizá lo más cercano a entender el alma del festival. Ver el beneficio húmedo, tocar el pergamino, escuchar al productor explicar cómo la sombra o la altitud cambian todo… Hay que haber estado aquí para comprender que el café no nace, se cultiva entre manos.

La música como pulso del pueblo

Las tardes se llenan de son jarocho, tríos, jazz y bailes tradicionales. No es un espectáculo distante: los músicos tocan a nivel del suelo, casi dentro del público, como si quisieran recordarnos que la cultura, como el café, se comparte, no se exhibe. Teatro, poesía y danza completan la jornada. Una carpeta de estampas —El Café en la Gráfica— revela el grano desde la mirada del grabado; una belleza que huele a papel recién hecho en La Orduña.

Competencias, saberes y comunidad

En el salón social comienzan los concursos de barismo, catación, degustación y triangulación; el sonido de las cucharas golpeando los tazones es un idioma que conozco bien. Más allá, en otra sede, avanza la competencia de tueste: un ritual de calor, tiempo y precisión.

Este año participan 52 artesanos y varias barras de café no solo de Teocelo, sino de todo Veracruz. También llegan competidores de Monterrey, Guadalajara, Michoacán, Puebla, Ciudad de México, Oaxaca y más regiones: una señal clara de que el festival ya tiene proyección nacional.

Un festival que trasciende

He asistido a decenas de celebraciones del café en distintas geografías, pero pocas con este nivel de autenticidad. Tal vez sea la mezcla perfecta entre el carácter serrano, el oficio heredado y la voluntad de mostrar lo que existe detrás de un solo grano: ecosistemas, variedades, aroma, ciencia, historia y manos.

Y aquí mi opinión —breve, pero inevitable: festivales como este son necesarios. No por la parafernalia ni por la derrama económica, sino porque nos recuerdan que el café es un puente: une a productores con consumidores, a artesanos con viajeros, a generaciones enteras con una tradición que merece futuro. El café, cuando se celebra así, vuelve a ser lo que siempre fue: un lenguaje común.

Teocelo, al final

Mientras cae la tarde sobre la Calle Porfirio Díaz y 20 de Noviembre, donde se levantan los stands y el escenario cultural, pienso en lo sencillo que es perderse aquí un día entero. O tres. Entre familias que pasean, niños sembrando su primera planta de café, y visitantes que descubren sus primeras notas frutales, Teocelo vive estos días como un corazón que late al ritmo del grano.

Quizá eso sea lo más valioso: que quienes vienen por curiosidad se marchen con una certeza. El café no solo se bebe. Se escucha, se huele, se recorre y se celebra.

Y en Teocelo, este noviembre, esa verdad se siente en cada paso.

Los templos del café de especialidad en Veracruz – Boca del Río – La Mandinga

“El café debe ser negro como el infierno, fuerte como la muerte y dulce como el amor”

Young Beek

Catador Q Grade. Británico. Radicado en Veracruz y viajante de las sierras de Puebla, Oaxaca, Chiapas, Guatemala en busca del grano de excelencia.

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