TRADICIÓN

La rutina como forma de salvación

Un viaje íntimo por los pequeños rituales que nos sostienen cuando todo parece a punto de desmoronarse.

A veces despierto con el sonido del mar colándose por la ventana, como si alguien allá afuera barriera con paciencia una calle interminable. Ese rumor —medio agua, medio viento, mi rutina de salvación— me sirve de recordatorio: sigo aquí, aunque no entienda del todo por qué. Prendo la cafetera y escucho cuando empieza a gotear con un entusiasmo que no me pertenece.

En la mesa, las migas de pan de ayer dibujan constelaciones diminutas. No las limpio. Me gusta pensar que las cosas pequeñas también tienen derecho a quedarse un rato más antes de desaparecer.

Mientras bebo el café y le soplo, delicadamente, me pregunto —como quien no quiere espantar una mariposa— si no será esa repetición silenciosa lo que nos sostiene. No la promesa de algo extraordinario, sino el acto humilde de hacer lo mismo cada mañana. Afuera, la ciudad se despereza torpemente: un perro escarba la banqueta, un taxista insulta al semáforo, una señora riega sus plantas como si defendiera la frontera última de la esperanza.

Pienso que tal vez la rutina sea un modo de mantener a raya al caos, una barricada hecha con lo único que tenemos a mano: hábitos torpes, manías heredadas, rituales que no sirven para nada y al mismo tiempo lo son todo. Yo camino siempre por el mismo tramo de playa, aunque la marea lo cambie cada día. Es un pacto absurdo, pero me da cierta paz: prometo volver y la orilla promete recibirme distinta.

Hay días en los que me siento como ese faro oxidado que insiste en parpadear aunque nadie lo mire. Otros días, confieso, ni eso.

 

A veces temo que la rutina no me salve, sino que me esconda. Que en su repetición se oculte una cobardía que no quiero nombrar. Porque es fácil refugiarse en lo conocido cuando el mundo parece un animal rabioso dispuesto a devorarlo todo. Y sin embargo… cada vez que intento romper mis pequeñas costumbres, me siento más perdido, como si mis pasos se disolvieran antes de tocar el suelo.

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que quise huir de todo: del mar, de las calles, de mí mismo. Hice maletas que jamás abrí y planes que no resistieron ni el primer amanecer. Tal vez por eso hoy defiendo mi café, mis constelaciones de migas, mi caminata inútil. No porque me hagan mejor, sino porque me recuerdan que alguna vez estuve a punto de desaparecer. Y no lo hice.

Vuelvo a la mesa, ahora con la taza casi vacía. Las migas siguen ahí, intactas, como si esperaran una señal. Las dejo en paz. También yo intento quedarme un poco más en este día que apenas empieza.

El mar, allá afuera, repite su vieja canción. Y yo, tercamente, la escucho. Quién sabe: quizá la salvación sea eso… aprender por fin a oír lo que siempre estuvo diciendo.

Por qué ya nadie duerme la siesta en la costa

Elias del Mar

El columnista desmonta modas, lugares comunes, discursos mediáticos y finge hablar de cosas pequeñas (el café, la lluvia, un perro callejero), pero en realidad lanza dardos contra lo mediocre, lo corrupto y lo pretencioso.

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