Entre nadadoras y diosas
Sumérgete en el más reciente relato y ensayo fotográfico de Lolo Álvarez para Riviera Veracruz Magazine, donde la lente revela la presencia secreta de las diosas del agua en una competencia nacional de natación en Boca del Río.
Es sábado, la luz del Golfo cae como un cristal líquido sobre el Complejo Acuático Leyes de Reforma. Las gradas vibran con voces que aún no se escuchan del todo, como si el aire mismo esperara el silbatazo. Detrás de mi cámara, encuadro rostros —niñas y adolescentes, nadadoras y diosas—, cuerpos tensos que saben que están a punto de enfrentarse al tiempo.




El obturador se abre. Y con él, algo más.
Primero lo noto en el agua: una vibración leve, casi imperceptible. Luego, en los rostros. La niña que levanta los brazos para estirar los hombros parece que invoca a una fuerza antigua, como si Poseidón hubiera dejado su aliento atrapado en esta piscina azul. Ella no lo sabe, pero al elevarse, convoca a Anfítrite, diosa de los mares calmos, que se cuela por la lente y deja en la imagen un resplandor imposible, un hilo de espuma invisible.
Sigo disparando.
Otra niña, con el gorro rojo, busca a su entrenador entre la multitud. En su gesto adivino la mirada de Tetis, madre de Aquiles, que contempla el destino inevitable de su hijo antes de la batalla. Esa mezcla de ternura y tragedia se posa sobre su mejilla, y la cámara la captura sin que yo haga esfuerzo alguno: sólo disparo y dejo que los dioses se filtren por el diafragma.




Más allá, una nadadora observa el agua con los brazos cruzados sobre la baranda. Su concentración es tan intensa que el mundo parece borrarse a su alrededor. Me acerco con el zoom y la reconozco sin saber por qué: es Náyade (o una de ellas), una ninfa fluvial, de las que custodian los ríos. En su piel brilla el reflejo de corrientes antiguas, de cauces que han sido olvidados por los mapas. Cada gota que resbala por su hombro es una historia que el agua murmura, una palabra que no comprendo del todo.
Entonces lo siento. El aire se densifica.
El murmullo de las familias se apaga, y lo que antes era ruido se vuelve canto. No sé si proviene del altavoz o del fondo mismo de la alberca. Miro por el visor y el agua vibra con destellos plateados. Reconozco nombres que sólo había leído en los libros: Doris, Crene, Panope, las hijas del mar, hijas de Nereo. Cada competidora, sin saberlo, lleva dentro una de esas presencias. En sus gestos —el estiramiento previo, la respiración que se contiene, el abrazo con el entrenador, el gesto de frustración tras la competencia— vive una divinidad sumergida que ha decidido asomar, sólo un instante, para recordarnos que el agua también tiene memoria.


Disparo de nuevo.
Una niña, extenuada, se deja caer en brazos de su padre. En su abrazo veo a Leucótea, la diosa que socorre a los navegantes en peligro. Ella, la salvadora de los que se ahogan. Pero aquí no hay naufragio, sólo cansancio y consuelo. El padre la sostiene como quien sostiene una promesa: la de seguir nadando, aunque el cuerpo tiemble.



Al revisar las fotos en la pantalla de la cámara, algo me inquieta. En cada imagen hay un brillo que no recuerdo haber visto. No es reflejo del sol ni destello del agua. Es algo más antiguo, más profundo. En los ojos de las nadadoras, en la tensión de sus hombros, en la curva del traje que las envuelve, hay un eco de eternidad.
Y entonces comprendo: no estoy fotografiando una competencia, sino un rito.
El instante antes del salto es una plegaria.
El zambullido, una ofrenda.
El agua, un oráculo.
Cuando el último disparo resuena, un estremecimiento recorre la alberca. El mar, allá afuera, parece responder. Las diosas regresan a su silencio líquido. Sólo quedan las niñas, los padres, los coaches, las gotas suspendidas en el aire.
Apago la cámara. Y durante unos segundos, siento que el agua me mira.



