Por qué ya nadie duerme la siesta en la costa
Un testimonio inquietante revela que la siesta no murió: algo la reclama. Entra bajo tu propio riesgo.

Soy Lolo Álvarez y ya no duermo la siesta. Ni siquiera en los días de plomo, cuando el calor aplasta la costa y el aire huele a brea caliente y a pescado seco. Antes sí. Antes me echaba en cualquier sombra, cerraba los ojos y dejaba que el mundo se callara un rato. Ahora no. Ahora sé que ese rato es precisamente cuando vienen.
Todo empezó sin que yo lo buscara. Yo solo quería fotografiar lo que queda cuando la gente se va: faros ciegos, casas con la pintura descascarada, muelles donde ya no atraca nadie. Lugares que parecen dormidos, eternos. Y siempre, siempre, cuando encuadro, aparece alguien. Nunca me preguntan por la cámara ni por la luz. Se plantan a mi lado, miran lo mismo que yo miro y, como si hubieran estado esperando siglos, empiezan a hablar de la siesta. De lo que pasa cuando te duermes a la hora mala.
La primera vez fue en un pueblo de Almería que ya ni aparece en los mapas nuevos. Casa blanca, persianas verdes medio podridas; el típico sitio donde el tiempo se metió a dormir y no despertó. Ajusté el trípode y noté la sombra del hombre antes de verlo. Olía a sudor viejo y a tabaco negro.
—No se duerma usted la siesta aquí dentro —me dijo—. El último que lo hizo se quedó mirando el techo hasta que se le secaron los ojos. Despertó con una mujer encima. No era de carne. Era de sombra y peso. Se le sentó en el pecho y le sopló en la cara. Él quería gritar, pero la boca no le abría. Cuando por fin pudo moverse, la mujer ya no estaba, pero en la pared quedó la marca de dos manos, como si alguien hubiera empujado desde el otro lado para salir.
El hombre se fue sin más. Yo me quedé temblando con la cámara en las manos. Disparé la foto de todos modos. Al revelarla, en la esquina superior derecha, había una mancha negra que no recordaba haber visto.
Después vinieron más…
Después vinieron otros. En Tarifa, en Cádiz, en Huelva, en la misma ría de Punta Umbría. Siempre igual: estoy solo, el sol quema, encuadro… y alguien aparece. Una mujer vestida de luto que me cuenta que su marido murió una tarde después de que “algo” se le sentara encima y le apretara hasta dejarle morado el pecho. Un marinero que jura que vio a su hermano ahogado balanceándose en la hamaca vacía. Un niño que me susurró que su abuela duerme la siesta todas las tardes desde hace veinte años, aunque está enterrada desde el noventa y cuatro.
Yo escuchaba y anotaba mentalmente, pensando que eran cuentos de pueblo, miedo antiguo disfrazado de brisa marina. Hasta que me tocó a mí.
Y tomé las siesta…
Fue en una casa abandonada cerca de Mazagón. Entré a buscar la luz de las tres, esa luz muerta que tanto me gusta. El suelo crujía; olía a humedad y a algo más, algo dulce y podrido. Me senté un minuto, solo un minuto, contra la pared. Cerré los ojos.
Y desperté sin poder moverme.
Primero pensé que era un sueño dentro del sueño. Luego sentí el peso. Algo se sentó sobre mi pecho con una calma horrible, como quien se acomoda en su sitio de siempre. Pesaba más que cualquier persona. Respiraba despacio, muy cerca de mi cara. Intenté gritar y la garganta no me obedecía. Solo podía mover los ojos. Y la vi: una forma oscura, más negra que la propia ausencia de luz, inclinada sobre mí. No tenía cara, pero me miraba. Me susurró algo que sonó como mi nombre dicho al revés.
No sé cuánto duró. Dicen que segundos. A mí me pareció que me enterraban vivo.
Cuando por fin pude mover un dedo, luego la mano, luego todo el cuerpo, salí de allí corriendo. La cámara se quedó dentro. Todavía está. A veces vuelvo a pasar por delante y veo el trípode en la ventana, tieso, como si esperara que regrese a terminar la foto. Debo de enviar a alguien por mi equipo.
Desde entonces no duermo la siesta. Ni en casa, ni en el coche, ni en la hamaca del patio. Me da miedo cerrar los ojos a esa hora. Porque ahora lo sé: no es que hayamos dejado de dormir la siesta. Es que algo aprendió que, entre la una y las cinco, estamos más solos que nunca. Y viene a visitarnos. Se sienta encima. Y espera a que intentemos despertar.
Por eso, cuando en el taller alguien pregunta por qué ya casi nadie duerme la siesta en la costa, yo solo miro por la ventana hacia el mar, que parece tan tranquilo, y contesto en voz baja:
—Porque ellos no han dejado de hacerlo.



