VISTA

Veracruz sin pasos

El instante en que el silencio mostró lo que siempre estuvo allí.

La luz cae sobre las piedras de Veracruz como si fuera la primera vez que las toca.

La catedral, blanca y desmesurada, respira sola. Sus columnas, acostumbradas al murmullo de pasos y promesas, parecen más altas ahora, como si se hubieran estirado en ausencia de testigos. Frente a ella, la calle empedrada se extiende intacta, pulida por años de historias que hoy no suenan. Ni una risa, ni un pregón, ni el tintinear de las cucharitas del Gran Café del Portal. Las sillas imaginarias están ocupadas por sombras que no pesan.

El Puerto de Veracruz sin gente es una criatura distinta.

Los bolardos metálicos, alineados con disciplina, ya no contienen automóviles ni guían peatones; custodian el vacío. Las farolas no alumbran conversaciones sino un silencio espeso, casi líquido. Las palmeras, cómplices habituales del bullicio, inclinan apenas sus hojas como si se preguntaran a quién contarle el secreto del viento.

Siempre pensé que el puerto era ruido: el choque de las tazas, el rumor del mar, la cadencia del danzón escapándose por alguna ventana abierta. Pero hoy descubro que también es latido contenido. Sin gente, el puerto no muere: se revela.

Se escucharía —si uno afinara el oído— el roce de la sal contra las paredes antiguas. El crujido íntimo de las puertas cerradas. La respiración mineral de la catedral, que no necesita fieles para sostener el cielo. Se vería el polvo suspendido como constelaciones mínimas, danzando en la luz oblicua de la tarde. Se sentiría el peso de los siglos, por fin sin distracciones.

¿De qué nos estaríamos perdiendo?

Tal vez del descubrimiento de que los lugares tienen memoria propia. Que no nos pertenecen aunque los llenemos de pasos. Que su belleza no depende de nuestra mirada, pero sí nuestra mirada depende de su existencia.

El Puerto vacío es un espejo incómodo: nos muestra cuánto creemos ser el centro de todo. Sin nosotros, la catedral sigue erguida. El Café sigue aguardando. La calle sigue trazando su línea hacia el horizonte. El mundo no se apaga; simplemente cambia de ritmo.

Y en esa pausa, tan improbable como fascinante, se aprende algo que nadie dice en voz alta: que la vida no sólo ocurre cuando estamos presentes, sino también cuando sabemos retirarnos y permitir que el silencio hable.

La fotografía captura ese instante imposible. No es ausencia: es revelación.

Donde el mundo vuelve a empezar

Lolo Álvarez

Fotógrafo y pintor. Apasionado de los paisajes marinos y sus cercanías.

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