TRADICIÓN

Hotel Mocambo: la noche que nunca se fue

Una postal de los sesenta que revela fantasmas, memoria y brisa marina.

La imagen no la tomé yo. La encontré hoy, casi por azar, en la red social del propio Hotel Mocambo. No es reciente: todo en ella delata otra época. Tal vez los años sesenta. Y bastó verla para que el lugar empezara a hablarme.

En la fotografía, el hotel aparece suspendido en un tiempo detenido: muros blancos sin la prisa del presente, escaleras amplias que no conducen a multitudes y una calma casi teatral. Aunque sé que incluso entonces el Mocambo solía estar ocupado, la imagen insiste en lo contrario. Su arquitectura ya había aprendido el arte de la discreción: pasillos que se esconden, terrazas que no se cruzan, espacios diseñados para que la presencia humana se diluya… o permanezca sólo como eco.

Empiezo a imaginar lo que la foto no muestra. Una tarde de los sesenta cayendo sobre la colina, el viento marino recorriendo el edificio —ese mismo viento pensado desde su origen para refrescarlo antes de que el aire acondicionado fuera común—. Pienso en los fantasmas jóvenes del hotel: huéspedes que nunca jugaron en el casino que se soñó y jamás existió, figuras elegantes que bajan hacia la playa con pasos lentos, sin dejar huella en la arena.

Adentro

Dentro del hotel, la fantasía se espesa. En algún salón resuena una melodía: el famoso compositor Agustín Lara que frecuentó el Mocambo parece haber dejado notas suspendidas en el aire. En otra ala, la presencia de María Félix se adivina más que se ve, como si el glamour de esa época hubiera decidido quedarse a vivir entre las suites. Nadie los ve, pero todos parecen saber que están ahí.

La fotografía sugiere también la alberca techada de los años cincuenta, intacta, respirando en penumbra, ya entonces un secreto arquitectónico. Imagino reflejos que no corresponden a ningún cuerpo vivo y risas apagadas que se confunden con el rumor del mar.

El Mocambo de la imagen no es sólo un hotel de los sesenta: es un umbral. Un edificio que ya había sobrevivido tormentas y transformaciones, que observaba en silencio el nacimiento turístico de Boca del Río y que, incluso entonces, parecía entender que el tiempo no siempre avanza en línea recta.

Cierro la red social, pero la fotografía permanece. Antigua, serena, inquietante. Como si desde ese pasado todavía hubiera algo —o alguien— que se resiste a abandonar el lugar.

Donde el mundo vuelve a empezar

Lolo Álvarez

Fotógrafo y pintor. Apasionado de los paisajes marinos y sus cercanías.

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