Navidad de pan y luz
El relato de una mesa sagrada donde el alimento se volvió amor y la esperanza aprendió a compartirse.

Hablaré como quien ha probado todas las tierras, bebido todas las aguas y dialogado largamente con los fuegos. Como un crítico gastronómico que no solo juzga sabores, sino que persigue el temblor invisible que los vuelve memoria. Y, sin embargo, para esta noche no escribo desde una mesa cualquiera, sino desde la más decisiva de todas: la Última Cena, donde el pan comienza a revelar su destino y la Navidad siempre nos está recordando la fe y el amor que debe perdurar.
Aquí, el pan no es solo pan. Lo observo con el respeto con el que se mira una obra irrepetible. Ha sido amasado con manos que conocen la paciencia y horneado con un fuego que no busca imponerse, sino servir. Al partirlo, comprendo que la verdadera gastronomía no consiste en deslumbrar, sino en reunir. Como ocurre cada Navidad, esa festividad anual cristiana que se celebra el 25 de diciembre para conmemorar el nacimiento de Jesucristo, el hijo de Dios, en Belén, y que representa la unión, el amor al prójimo y la esperanza, incluso cuando el mundo parece fracturarse. Aquí, en esta mesa previa al sacrificio, ese mismo espíritu ya está servido.
Los apóstoles comieron con una mezcla de recogimiento y desconcierto. Cada uno cargó su historia, su miedo, su fe incompleta. Yo los observo como se observa una mesa diversa: distintos temperamentos, distintas texturas humanas, un mismo plato compartido. En mi oficio he aprendido que todos los caminos culinarios —como los afectivos— conducen siempre a casa. Y esta mesa, la de la Última Cena, es hogar, aunque esté a punto de quebrarse. La Navidad también es eso: el instante en que los recuerdos cobran vida, en que el corazón se abre aun sabiendo que amar implica riesgo.
Como crítico, sé que hay cenas memorables por su técnica y otras por su alma. Esta pertenece a la segunda categoría. Aquí no hay exceso ni artificio. Hay cariño, gratitud, entrega. Ingredientes invisibles, pero decisivos. El amor se sirve sin alharaca, la fe fermenta lentamente, la esperanza se cuece a fuego bajo. La alegría, discreta, aparece como un perfume al fondo del plato. Y la paz —esa tan difícil de lograr— se insinúa en el gesto de compartir lo último.
He escrito muchas veces que la magia no está en lo que se recibe, sino en lo que se ofrece. Esta cena lo confirma. Celebrar no es acumular, sino abrir el corazón, dejar que otros entren, aun cuando sepamos que no todos permanecerán. Como en Navidad, cuando la mesa se agranda para incluir, cuando el pan alcanza porque se parte, cuando el acto de estar juntos ya es un regalo.
Salgo de esta mesa con la certeza de que honrar lo celebrado no consiste en recordarlo una vez al año, sino en conservar su sabor en la vida cotidiana. Que la paz, el amor y la alegría no sean un menú estacional, sino una forma de alimentarnos siempre. Porque, al final, toda gran cocina —como toda gran fe— nace de un mismo deseo: que el alma se llene de luz y que nadie coma solo.



