AL DÍAVISTA

“Sigue nadando”: la historia detrás de los 80 padelistas arrastrados por la corriente en Playa Tortuga

Lo que comenzó como una salida al amanecer desde Playa Tortuga terminó con corrientes rumbo a Antón Lizardo, tablas dispersas y una lección brutal: el mar abierto siempre tiene la última palabra.

Llegué a Playa Tortuga a las 5:30 de la mañana del 24 de mayo. Antes de bajarme del carro hice lo que hacemos quienes vamos al mar abierto: no revisé la temperatura; revisé el viento. Marcaba entre 8 y 10 kilómetros por hora hasta las 9 de la mañana. Parecía manejable.

Me bajé y sólo estaba Alejandro.

Nos saludamos y lo primero que me dijo fue:

—Está fuertecito.

Miré el mar. Le contesté casi por reflejo:

—Ya hemos nadado así.

Aún estaba oscuro. Esa oscuridad suave que existe antes del amanecer y que hace que Playa Tortuga parezca un lugar suspendido entre la ciudad y el océano. Esperábamos a Sebastián, que venía con el coach Marcos, su entrenador de aguas abiertas. Marcos nos acompañaría en kayak hasta la Isla de los Sacrificios. El entrenamiento era claro: 1,500 metros de ida, otros 1,500 de regreso, luego 1,000 y cerrar con 500.

Ese era el plan.

Pero Sebastián no llegaba y el aire comenzó a sentirse distinto. No más fuerte. Distinto. El oleaje seguía tranquilo, incluso relajado.

Entonces Alejandro dijo:

—Yo mejor paso. Está fuerte el viento.

No respondí.

En eso llegaron Sebastián, el kayak y Marcos.

Nos preparamos.

A las 6:48 entramos al agua.

Delante de nosotros iba un enorme grupo de padelistas y kayaquistas. Más de 80 personas rumbo a la Isla de los Sacrificios. Se veían felices. Desde lejos parecían una procesión flotante avanzando hacia el amanecer.

Pronto mis compañeros —mucho más jóvenes que yo, jejeje— tomaron ventaja.

Yo seguí mi ritmo.

Llegué a unos 200 metros de la Isla de los Sacrificios y me detuve.

Sentí un viento helado.

Después una ligera lluvia.

Levanté la vista.

Detrás del faro vi nubes negras.

Y entonces pasó.

De la nada.

Como si alguien hubiera girado una llave invisible.

El aire cambió.

Ráfagas violentas comenzaron a golpear la superficie y el mar dejó de verse amistoso.

Me faltaban apenas 200 metros para completar los 1,500.

Retomé el nado.

Y de inmediato sentí algo extraño en las piernas.

La corriente.

Era como nadar en un río.

Me detuve.

Volteé a mi derecha.

Ahí estaba el grupo de padelistas y kayakistas.

Agrupados.

Demasiado cargados hacia el lado izquierdo de la isla, rumbo al puerto.

Pensé en acercarme.

Pensé en pedir ayuda.

Pero en ese mismo instante entendí que ellos también estaban demasiado lejos.

Y quizá comenzaban a estar en problemas.

Seguí nadando.

Lo que vino después se convirtió en una experiencia agresiva.

Las olas crecieron de un momento a otro.

Dos metros.

Tres metros.

La corriente apuntaba hacia Antón Lizardo.

Nunca me habían tocado olas tan altas.

Nunca una corriente tan fuerte.

Nunca un cielo tan oscuro.

Nunca una lluvia tan amenazante.

Y de pronto ya no había nadie.

Ni padelistas.

Ni kayakistas.

Ni Sebastián.

Ni Luis.

Ni Alejandro.

Ni el kayak de Marcos.

Nada.

Sólo mar.

Y una sensación que ya conocía.

La primera edición de Arrecifes Aguas Abiertas me vino a la memoria. Aquella vez salimos desde Salmedina y el clima cambió. A los seis kilómetros tuvieron que sacarnos.

El mar ya me había enseñado algo esa vez:

si te detienes demasiado… pierdes.

Sabía que si frenaba dos o tres segundos la corriente me arrastraría hacia Antón Lizardo.

Así que seguí.

Pero el mar siguió creciendo.

Más olas.

Más corriente.

Más miedo.

Hasta que entendí algo que pocas veces uno acepta:

estaba realmente en peligro.

Nadé.

Y cuando volví a detenerme para orientarme —porque el oleaje ya ni siquiera me dejaba ver la playa— vi algo a mi derecha.

Un paddle.

Y sobre él, un hombre.

Levanté la mano.

Le pedí ayuda.

Él extendió el brazo.

Con decisión.

Y me dijo que siguiera.

Nada más.

Sigue.

Y seguí.

No había otra opción.

Nadar.

Nadar.

Y volver a nadar.

De vez en cuando giraba a la derecha.

Seguía ahí.

Acompañándome.

Sin decir mucho.

Sin invadir.

Sólo estando.

No sabía quién era.

Horas después descubriría su nombre:

Toti Ruiz.

Lo supe al llegar a la playa y correr hacia el grupo de kayakistas de Punta Azul preguntando si alguien conocía al hombre que había acompañado a un nadador durante el vendaval.

Un coordinador me dijo:

—Sí. Toti Ruiz nos contó.

Desde este momento tengo una deuda pendiente: encontrarlo y agradecerle de corazón.

Porque a veces uno no necesita que lo rescaten.

A veces sólo necesita que alguien nade a tu lado.

Faltaban unos 500 metros para llegar y el mar volvió a endurecerse.

Las olas crecieron.

La corriente golpeó otra vez.

Y el miedo me recorrió el cuerpo como si también fuera agua.

Toti seguía a mi derecha.

Yo ya iba cansado.

Abrumado.

Asustado.

Sentía que la playa nunca llegaría.

Y entonces apareció Marcos.

Entre las olas.

En el kayak.

Me corrigió el rumbo.

—Ya falta poco.

Y detrás apareció Sebastián.

Entonces supe que iba a salir.

Porque en ese momento entendí algo:

era seguir nadando con eficiencia o terminar arrastrado, igual que los kayaquistas.

Llegamos.

Y fui a buscar a quien me había acompañado.

Pero cuando levanté la vista hacia la torre de guardavidas me encontré algo que me sorprendió todavía más.

Allí estaban.

Sentados.

Mirando.

A lo lejos podía verse al grupo de padelistas siendo empujado por la corriente hacia Antón Lizardo.

Tomé un video.

Porque nadie parecía alarmado.

Nadie parecía entender lo que estaba pasando.

Después Riviera Veracruz Magazine hizo lo suyo y reportó lo que todos ya saben… y también muchas cosas que después otros medios inventaron o repitieron.

Porque no.

No hubo operativo espectacular.

No hubo lanchas rápidas.

No hubo bomberos.

No hubo una gran movilización.

Hubo una moto acuática.

Tres guardavidas que ya estaban ahí.

Y personas ayudando a personas.

Nada más.

La corriente fue acercando al grupo poco a poco hacia la playa contigua al Camino Real.

Y ahí comenzaron a llegar.

Uno a uno.

El mar los dejó salir.

Pero antes les dio una lección.

Porque el mar no es exactamente un destino turístico.

El mar abierto es otra cosa.

Y cuando el agua ya te rebasa la cintura, cuando aparecen arrecifes, viento y corriente, el océano deja de ser postal.

Y se convierte en maestro.

Hoy 80 padelistas volvieron a casa.

Yo también.

Y esta mañana todos aprendimos algo:

el mar nunca avisa dos veces.

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