TRADICIÓN

El MUXA: la casa que aún nos cuenta historias

Una narración íntima sobre memoria, familia y la vida que sigue latiendo en el corazón de Xalapa.

Ven, acércate. Déjame contarte la historia de esta casa (MUXA) como me la contaron mis abuelos, en voz baja, casi en secreto, sentados en el patio bajo la sombra de los árboles que tanto querían. Así, como quien hereda un recuerdo. Imagina que esta es nuestra casa, la casa de la familia, con sus muros gruesos y sus habitaciones pequeñas, donde crecieron generaciones enteras en el corazón de Xalapa.

Es una casona antigua, de finales del siglo XVIII, una vivienda vernácula de clase media, de esas hechas para durar, con espacios modestos pero llenos de vida. Hoy la conocen como el Museo Casa de Xalapa, el MUXA, pero antes fue simplemente hogar. Forma parte de lo que en otro tiempo fue el gran convento franciscano, levantado por los frailes en el siglo XVI junto a lo que hoy es el Parque Juárez, cuando la ciudad apenas comenzaba a tomar forma y a forjar su carácter.

Foto Cultura Xalapa.

Cuando Xalapa era descanso y camino

Mis abuelos decían que, en los años del virreinato, Xalapa era un lugar para detenerse y respirar. Un punto de paso en el Camino Real que unía Veracruz con México. Aquí llegaban los viajeros cansados de la costa, buscando alivio del calor y de las fiebres, encontrando consuelo en el clima fresco y en los manantiales que brotaban por todas partes. Por eso el nombre antiguo: Xalapan, “manantial en la arena”.

La casa, con su trazo en forma de “L” alrededor del patio, sus arcadas y su jardín generoso, reflejaba esa vida cotidiana: familias mestizas donde se mezclaban lo indígena y lo español, ferias ruidosas llenas de trueques, de raíces medicinales, de telas llegadas de lejos. Aquí se vivía despacio, pero con intensidad.

Foto Cultura Xalapa.

Fogones, carruajes y días de niebla

Con el siglo XIX llegó el ferrocarril, el café y el Porfiriato. Mis abuelos recordaban, de otras pláticas más antiguas, las calles llenas de carruajes, a las señoras paseando con sombrilla, y las cocinas —como la de esta casa, con su fogón de cuatro hornillas— donde se preparaban guisos que unían el maíz antiguo con especias extranjeras. Todo se mezclaba, como la ciudad misma.

Ya entrado el siglo XX, mis padres decían que la vida seguía siendo sencilla, aunque el mundo se sacudiera. Las revoluciones pasaban de largo, pero dejaban huella en las charlas familiares. Xalapa crecía en ideas y en cultura: nacían la Escuela Normal Veracruzana, la Orquesta Sinfónica, y la ciudad se ganaba el nombre de Atenas Veracruzana. Aquí se leía, se hacía música, se soñaba. En estas salas se reía y se lloraba, se celebraban bodas y se contaban historias de la niebla que abraza las calles y de las flores que, en 1804, Alexander von Humboldt admiró al llamar a Xalapa “la ciudad de las flores”.

Foto Cultura Xalapa.

La casa que aprendió a contar su historia

Mis abuelos, estoy seguro, se sentirían orgullosos de saber que la casa sigue en pie y sigue hablando. El Ayuntamiento la adquirió en 1998 y, años después, en 2007, abrió sus puertas como museo. En 2016 volvió a renovarse, como quien se arregla para recibir visitas, y desde entonces se convirtió en el Museo de la Ciudad.

Hoy guarda más de ocho siglos de historia repartidos en ocho salas: la geografía volcánica que nos rodea, los vestigios prehispánicos, la época virreinal con sus castas y ferias, la Independencia, el Porfiriato con su cocina típica, y la posrevolución con sus anhelos de modernidad. Hay tecnología que revive el pasado en tres dimensiones, jardines donde los niños corren y visitantes de todas partes que se detienen a mirar con asombro.

Un hogar que sigue latiendo

La importancia de esta casa es profunda. Preserva la memoria y nos recuerda quiénes somos, en medio de la vida cotidiana de Xalapa: la niebla de la mañana, el aroma del café, los mercados llenos de voces, los paseos por el centro donde la gente aún se saluda como en familia. Por aquí han pasado artistas, creadores, exposiciones temporales, talleres, leyendas escenificadas los sábados y encuentros culturales que reúnen a la ciudad entera.

En fotos compartidas y en crónicas locales, la gente habla del orgullo que siente al recorrer el MUXA, de cómo este lugar los reconcilia con su tierra. Y entonces uno entiende que la casa nunca dejó de ser hogar. Ya no solo de una familia imaginada, sino de toda Xalapa, que sigue latiendo entre flores y manantiales, invitándonos a volver siempre, como quien regresa, una y otra vez, a la casa de los abuelos.

Navidad de pan y luz

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button