TRADICIÓN

Ritipanna: hombres clavados al mar

La vida mínima de los pescadores de zancos en Sri Lanka, donde un día entero puede valer apenas unos peces.

Amanece en la costa sur de Sri Lanka antes de que el mar decida de qué humor viene el día. No hay postal todavía, no hay turistas, no hay cámaras. Lo primero que escucho no es el oleaje, sino los pasos descalzos sobre la arena húmeda y el roce seco de la madera contra la madera. Los pescadores (ritipanna) llegan en silencio, como si la jornada empezara mucho antes de que el sol tenga permiso de salir.

Me siento con ellos sin estorbar demasiado. No soy de aquí, pero tampoco vine a mirar desde lejos.

Uno de ellos —Sunil, cuarenta y tantos, espalda curtidaclava su zanco en el fondo marino con la precisión de quien ha repetido ese gesto miles de veces. Es un poste delgado, dos metros sobre el nivel del agua, con una pequeña barra transversal que apenas alcanza para sostener el cuerpo. No hay red, no hay motor, no hay prisa. Solo equilibrio.

Pienso inevitablemente en Veracruz. En Alvarado, en Tamiahua, en la vida que conozco del otro lado del mundo. Allá el pescador también madruga, también negocia con el clima, pero rara vez se queda quieto. Aquí, en cambio, la pesca es una forma de inmovilidad activa. Una contradicción que se vuelve rutina.

Sunil se sube al zanco como quien se sube a una historia heredada. Sus pies encuentran la barra, las manos se acomodan, la caña baja al agua. Y entonces ocurre lo más difícil de explicar: no pasa nada. Durante horas.

Foto The Sri Lanka Convention Bureau (SLCB).

—Hoy, si hay suerte, saco cinco —me dice sin verme, con la mirada fija en un punto invisible del mar.

Cinco peces. Un día entero.

Lo dice sin queja, pero tampoco con orgullo. Es un dato, como quien habla de la temperatura o del viento. Me explica que en días buenos —cada vez más raros— pueden llegar a veinte, quizá cincuenta peces pequeños. Arenques manchados, caballas diminutas, salayo. Nada que cambie la economía de una familia. Nada que compita con una lancha de motor o una red de arrastre.

En Veracruz, cinco peces serían una mala jornada. Aquí también lo es, pero aquí además es costumbre.

Lo que me descoloca no es la baja captura, sino la disciplina del cuerpo. Permanecer inmóvil sobre una vara mientras el sol sube, mientras las piernas se entumecen, mientras la espalda pide tregua. Hay una ciencia detrás: evitar la sombra, no espantar al pez, no romper el ritmo del agua. Pero también hay algo más difícil de medir: una forma de paciencia que ya casi no existe en otros oficios del mar.

A las nueve de la mañana, la primera ronda termina. Algunos bajan con dos peces, otros con ninguno. Nadie dramatiza. La jornada se parte en dos: amanecer y tarde. Entre medio, la vida sigue en tierra.

Camino con ellos hacia las casas. No hay épica en la conversación. Se habla de precios, de hijos, de deudas. Me cuentan que antes —antes del tsunami de 2004, antes de la sobrepesca industrial— esto alcanzaba, apenas, pero alcanzaba. Hoy ya no.

Ahora gano más si me tomo fotos —dice otro pescador, riéndose sin ganas.

Y ahí aparece la otra cara del paisaje. Más tarde, cuando el sol cae, los zancos se llenan de hombres que no necesariamente están pescando. Posan. Esperan turistas. Cobran por la imagen que el mundo cree auténtica. La silueta perfecta contra el atardecer, esa que circula en redes, en folletos, en sueños ajenos.

Foto The Sri Lanka Convention Bureau (SLCB).

Pero esa no es la escena que importa aquí.

La pesca real sigue existiendo, aunque escondida en las horas incómodas: muy temprano o lejos de donde llegan las cámaras. En 2016, más del 90% de estos pescadores vivían de esto a tiempo completo. Hoy, muchas de esas mismas familias combinan la pesca con el espectáculo. No es una traición a la tradición; es supervivencia.

Pienso en las cooperativas en Veracruz, en cómo también allá el pescador se adapta: cambia de arte, de zona, de horario. La diferencia es que aquí el símbolo se volvió más rentable que el pescado.

Por la tarde vuelvo al mar. El viento cambia, el agua se mueve distinto. Los hombres regresan a sus postes como si retomaran una conversación interrumpida. Suben otra vez, se acomodan, esperan.

Me atrevo a intentar. Subo a uno de los zancos con ayuda. No duro ni un minuto sin perder el equilibrio. No es solo fuerza; es una inteligencia del cuerpo que no se aprende en un día. Me bajo torpemente. Ellos ni siquiera sonríen: no hay burla, solo distancia entre oficios.

El sol empieza a caer y, ahora sí, la escena se vuelve “bonita”. Entiendo por qué el mundo la consume. Pero después de haber visto la mañana, esa belleza me parece incompleta, casi injusta.

Foto The Sri Lanka Convention Bureau (SLCB).

Porque lo que define esta pesca no es la postal, sino la escasez.

Un día entero para tres peces. O ninguno.

Y aun así, al día siguiente, vuelven.

No por romanticismo. No por tradición pura. Vuelven porque todavía hay algo en ese gesto —subirse a un zanco, mirar el agua, esperar— que los sostiene, aunque el mar ya no responda como antes.

Si alguien de la costa de Veracruz leyera esto, quizá no vería exotismo. Vería otra versión del mismo problema: menos peces, más competencia, más necesidad de reinventarse. Cambia el método, cambia el paisaje, pero la pregunta es la misma:

¿Hasta cuándo alcanza el mar para seguir llamándose oficio?

Esa noche, mientras me alejo, los zancos quedan como sombras clavadas en el agua. Ya no hay pescadores arriba. Solo la estructura.

Y por primera vez entiendo que, más que una técnica, lo que está en juego aquí es la permanencia de una forma de vivir que ya no encaja del todo en el mundo que la rodea.

Derrame deja rastro en más de 80 playas

Sofía Costamar

Experta en turismo local (Veracruz), de México y quien conoce los más famosos lugares turísticos en el mundo.

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