Hoy Veracruz arde a 46 grados de sensación térmica. No hay conversación que no lo mencione: en la radio, en los mensajes de WhatsApp, en la esquina donde alguien abanica el aire como si pudiera domesticarlo. Pero en medio de este calor que abruma, no hay que olvidar otro: ese calor suave que no pesa, que te apapacha, que te cambia el ánimo sin que te des cuenta y te reconforta el espíritu, como si el cuerpo recordara algo antiguo y bueno.
Amanecía en Boca del Río con ese calor ligero que no exige, sino que acompaña. El malecón todavía estaba medio vacío, y el mar, tranquilo, respiraba despacio como si también estuviera despertando. Yo llevaba el café en la mano y la camisa apenas empezaba a pegarse a la espalda, no por molestia, sino por esa humedad que aquí se vuelve costumbre.
Fue entonces cuando vi a Don Ernesto, sentado en la misma banca de siempre, mirando el horizonte como quien conversa con algo invisible. Me acerqué a saludarlo y, antes de que dijera nada, me soltó una frase que se me quedó todo el día:
—Este calorcito es lo que nos mantiene vivos, Javier.
Nos quedamos en silencio un rato. Pasó una pareja caminando descalza por la orilla, riéndose de algo mínimo, como si el mundo cupiera en ese instante. Después llegó Marisol, con la cara encendida por la corrida matutina y una claridad en los ojos que no se compra en ningún lado.
—Salgo a correr y regreso pensando mejor —dijo—. Como si se me acomodaran las ideas.
Tenía razón. Hay algo en ese calor amable —no el que sofoca, sino el que envuelve— que ordena por dentro. Años después leí que incluso la ciencia lo respalda: pasar tiempo al aire libre, con sol y temperatura agradable, mejora el ánimo, la memoria y la forma en que pensamos. Pero esa mañana no hacía falta ningún estudio; bastaba con sentirlo.
Pedro apareció con su perro, que venía feliz, jadeando como si cada paso fuera una celebración. En minutos ya éramos un pequeño grupo improvisado, compartiendo historias sin planearlo. Nadie traía prisa. Nadie parecía necesitar más que ese momento.
De pronto, el cielo se nubló y cayó una llovizna breve, de esas que no interrumpen, sino que invitan. Nos refugiamos bajo una palapa cercana. Pedro bromeó con que el clima también quería sumarse a la charla, y Marisol sacó unas naranjas que partimos ahí mismo, usando una bolsa como mesa.
Ahí, entre risas y gotas cayendo lento, la conversación se volvió más honda. Don Ernesto habló de cómo antes el calor se vivía distinto, más como compañía que como enemigo. Yo pensé en cómo este clima, cuando no se desborda, no solo se siente: se incorpora. Te hace más presente, más abierto, más dispuesto a quedarte.
No pude evitar recordar a Gabriel García Márquez, que entendía el calor del trópico como una fuerza que intensifica la vida, que vuelve todo más sensorial, más cercano, más humano. Y también a Pedro Henríquez Ureña, que veía en estas tierras una manera distinta de habitar el mundo: más corporal, más emocional, más viva.
Porque ese es el otro calor. El que no se sufre, sino que se siente. El que te baja el ritmo sin detenerte. El que te hace escuchar mejor, mirar más, conectar sin esfuerzo. No exige nada extraordinario: basta con estar.
Cuando la lluvia paró, el sol regresó con esa firmeza tranquila de quien sabe que siempre vuelve. Nos despedimos sin prisa. Cada quien siguió su camino, pero con algo acomodado por dentro.
Mientras caminaba de regreso, entendí mejor la frase de Don Ernesto. No todo calor agota. Hay uno que, en su justa medida, te devuelve a ti mismo. Que te recuerda que estás vivo no solo porque respiras, sino porque sientes.
Y entonces te dejo la idea: cuando el día no esté al límite, cuando el calor no pese sino abrace, sal un rato. No necesitas mucho. A veces basta con el aire, una conversación, una fruta compartida.
Porque en esos momentos simples, casi invisibles, es donde la vida —como el mar al amanecer— vuelve a empezar.



