El Salsódromo de Boca del Río parecía no terminar. La noche del sábado 13 de junio, desde cualquier punto al que dirigiera la mirada, encontraba cuerpos que bailaban, avanzaban o trataban de hacerse un lugar entre otros cuerpos. El Gobierno de Veracruz calcularía después que 250 mil personas habían asistido a la segunda jornada del Salsa Fest 2026, la más concurrida de las tres noches. Para entonces, yo sólo podía medir la multitud por la dificultad para caminar unos cuantos metros.
Había llegado a cubrir el festival que se realizó del 12 al 14 de junio. Las lluvias obligaron a adelantar el acceso a las 15:00 horas y el comienzo de los conciertos a las 18:00. Desde la tarde, los asistentes ocuparon los espacios disponibles frente al escenario y convirtieron los corredores en rutas estrechas por las que circulaban vendedores, familias, grupos de amigos, elementos de seguridad y personas que buscaban un sitio para descansar.
En medio de la música, la aglomeración parecía formar parte del espectáculo. La gente levantaba los teléfonos, se abrazaba y trataba de seguir el ritmo sin perder el espacio ganado. Cada vez que alguien intentaba salir, debía avanzar de lado, pedir permiso y detenerse cuando el flujo contrario cerraba el paso. Algunas personas preguntaban dónde podían recargarse; otras observaban hacia atrás, como si calcularan por anticipado la ruta que tendrían que recorrer al terminar los conciertos.
La preocupación no estaba en el escenario, sino en los límites de la concentración. Desde ahí no era posible distinguir cuántas salidas existían, qué anchura tenían ni cuánto tiempo sería necesario para desalojar a 250 mil personas. El operativo anunciado incluía 655 elementos de seguridad, 38 patrullas, ocho motocicletas, dos ambulancias, embarcaciones, binomios caninos, un helicóptero, 100 agentes de tránsito y 15 supervisores del transporte público. Entre la multitud, sin embargo, esas cifras se reducían a la presencia ocasional de un uniforme o al destello lejano de una torreta.
Cuando terminó la música comenzó otro movimiento. Miles de personas intentaron retirarse al mismo tiempo hacia las calles de Boca del Río. El tránsito avanzaba lentamente y los grupos se fragmentaban entre automóviles, transporte público y peatones. Escuché a más de un asistente preguntar dónde estaban sus acompañantes. En esos minutos entendí una frase que había aparecido entre los comentarios del festival: “Casi siempre me preocupa la salida”.
El balance oficial fue de saldo blanco. Durante las tres jornadas se contabilizaron 580 mil asistentes: 170 mil la primera noche, 250 mil la segunda y aproximadamente 160 mil en el cierre. La ocupación hotelera llegó a 100% en la zona Veracruz–Boca del Río y la derrama económica superó los 900 millones de pesos. No hubo fallecimientos ni una emergencia mayor asociada con la concentración. El festival terminó y la multitud quedó registrada como un récord.

Diecisiete días después, la escala volvió a cambiar.
La noche del 30 de junio llegué a Paseo de la Reforma después de que México derrotó 2-0 a Ecuador. La celebración ya había rebasado las inmediaciones del Ángel de la Independencia. Había personas sobre las banquetas, en los camellones, alrededor de estructuras, pantallas y sanitarios portátiles. La Secretaría de Seguridad Ciudadana estimó cerca de un millón de asistentes alrededor del monumento y más de 1.19 millones distribuidos entre Reforma, el estadio, el Zócalo y otros puntos. Más tarde, el Gobierno de la Ciudad de México informó que más de 1.4 millones de personas habían salido a las calles.
Yo trataba de llegar a la zona del Ángel cuando el desplazamiento dejó de depender de mis piernas. El espacio entre un cuerpo y otro desapareció. Ya no caminábamos: la presión de quienes venían detrás nos empujaba hacia adelante, mientras quienes estaban enfrente trataban de detenerse. Los brazos quedaban pegados al torso. Girar era difícil. Retroceder, imposible.
Entonces escuché el grito.

“¡Nadaremos!”
La palabra avanzó por la multitud antes que nosotros. Hubo un empuje colectivo y quedé atrapado dentro de una masa que se movía sin una dirección visible. Sentí la presión en el pecho y busqué levantar la cabeza para respirar. A mi lado, algunas personas pedían que dejaran de empujar; otras intentaban proteger a sus acompañantes o abrir un espacio con los brazos. Durante unos segundos no pude saber si el movimiento terminaría o si la presión seguiría aumentando.
Los testimonios posteriores relacionaron ese grito con un desplazamiento repentino de la multitud, pero la Fiscalía continuaba investigando la secuencia y no había establecido que fuera la causa definitiva de las compresiones humanas. Lo que sí quedó documentado fue que las zonas próximas a Lancaster, Hamburgo y Berna, alrededor del Ángel, concentraron algunos de los episodios más graves.
Dos mujeres, de 19 y 48 años, y un hombre de 44 murieron por asfixia. Un cuarto hombre, de aproximadamente 30 años, falleció después de sufrir una crisis epiléptica y un paro cardiorrespiratorio. La SSC reportó 310 atenciones prehospitalarias dentro de su operativo general. La Cruz Roja contabilizó más de 600 atenciones en la zona del Ángel y cuatro traslados hospitalarios. Los registros correspondían a instituciones y perímetros distintos.
Cuando logré salir del punto de mayor presión, Reforma seguía llena. Había música, banderas, pirotecnia, basura y grupos que todavía celebraban el triunfo. En otras calles, paramédicos atendían a personas que habían sufrido golpes, crisis nerviosas o dificultades para respirar. También se registraron peleas y 20 detenciones, principalmente por reventa y acreditaciones presuntamente falsas.
Desde fuera, las imágenes aéreas mostraban una avenida cubierta por una multitud compacta. Desde dentro, la dimensión era otra: el espacio necesario para respirar, la imposibilidad de elegir hacia dónde avanzar y la sensación de que cualquier movimiento podía transmitirse de una persona a otra hasta alcanzar a miles.
En Boca del Río había visto a 250 mil asistentes abandonar un festival entre tráfico, cansancio y rutas saturadas. En la Ciudad de México quedé dentro de una concentración que, según el perímetro considerado, reunió entre un millón y 1.4 millones de personas. En Veracruz, el resultado oficial fue saldo blanco. En la capital, la celebración terminó con cuatro personas muertas.
La madrugada llegó mientras las cuadrillas comenzaban a limpiar Reforma y los últimos aficionados se alejaban del Ángel. Sobre el pavimento quedaron botellas, banderas y prendas extraviadas. También quedó una investigación abierta para determinar cómo se formaron los puntos de compresión, qué obstáculos intervinieron y por qué la asistencia médica no alcanzó a evitar las cuatro muertes.
Yo salí caminando. Durante varios minutos todavía sentí en el pecho la presión de la multitud y escuché, entre el ruido que se apagaba, aquel grito que había recorrido la avenida antes de empujarnos: “¡Nadaremos!”.



