El sol se asomaba tímido sobre el horizonte cuando llegué a Playa La Bamba, en Boca del Río. Ese instante dorado en el que el mar parece suspirar y la brisa salada despierta todos los sentidos. Veracruz sobre la tabla se sentía desde el ambiente: tablas alineadas, alumnos estirando y una energía contagiosa que sólo se percibe antes de entrar al agua.
Ahí me esperaba Eduardo Sosa, representante de Verasurf, rodeado de sonrisas saladas y miradas ansiosas por conquistar su primera ola. Desde el primer saludo supe que esta charla sería tan fluida como una buena sesión de surf.
Caminamos por la orilla mientras me contaba cómo el debut olímpico del surf en Tokio 2020 marcó un antes y un después. “Antes era visto como un hobby, algo lejano. Hoy es un sueño olímpico”, me dice con brillo en los ojos.
Verlo en televisión despertó curiosidad y pasión en mucha gente que jamás se había planteado subirse a una tabla. Y es que, como bien explica, no se necesitan olas gigantes para sentirse pro. El Golfo de México ofrece condiciones amables: agua cálida, oleaje noble, el escenario perfecto para que esa primera ola se quede grabada en la memoria y no sea la última.

La edad es solo un número
Hablamos de edades y sonrío cuando escucho su frase favorita: “La edad es solo un número”. En Verasurf reciben desde niños de cinco años, que desarrollan equilibrio, enfoque y seguridad, hasta adultos de sesenta que encuentran en el surf un entrenamiento funcional completo. Cardio, flexibilidad, bienestar mental… todo en uno. Me cuenta una escena que me derrite el corazón: nietos y abuelos compartiendo la misma ola y saliendo del agua con la misma sonrisa. Pocas disciplinas logran eso.

Mocambo: la alberca más grande del mundo
Llegamos a Playa Mocambo, su joya para principiantes. Eduardo la describe como “la alberca más grande y divertida del mundo”. Olas nobles, fondo de arena, protección del viento. El lugar perfecto para perder el miedo al famoso revolcón. Aquí se viene a aprender, no a sufrir. Incluso bromea: “Me preocupa más la caída por lo bajito que está, que que se ahoguen”. Y tiene razón, se respira confianza en cada remada.
Me sorprende saber que muchos de sus alumnos vienen de fuera: Xalapa, Puebla, Orizaba, Ciudad de México… ¡hasta Tlaxcala! Sí, Tlaxcala. Entre risas, me explica que uno de los grandes objetivos de Verasurf es que más veracruzanos descubran que aquí sí hay olas, y muy buenas. Que el surf no es exclusivo del Pacífico.

Nortes, lunas y magia marina
Cuando le pregunto por las mejores temporadas, sus ojos se iluminan aún más. “Cuando entra el Norte y el día está feo, los locales nos emocionamos”. Eso significa ola buenísima. Tiene una teoría muy clara: fases lunares, vientos del norte y alguna tormenta tropical cercana crean la combinación perfecta. Pero la realidad es que en Veracruz hay olita todo el año. Sólo hacen falta ganas de mojarse.
En cuanto a requisitos, todo es sencillo: saber flotar, relajarse, usar bloqueador, una playera de manga larga y llevar toalla. Nada complicado. El resto corre por cuenta de ellos. Así de accesible se vuelve esta aventura.
Eduardo me comparte algo que me encanta: “En Verasurf no damos clases, compartimos nuestra pasión”. Trabajan con grupos pequeños, cuidando cada detalle, respetando el ritmo de cada alumno. Además, aprovechan para platicar sobre todo lo que ofrecen las playas de Veracruz: remar a la isla, navegar en velero, probar kitesurf… te faltan horas en el día para hacerlo todo. Y como viajera empedernida, confirmo que este destino es mucho más que el malecón y un café.

Las mañanas son sagradas para ellos. Disfrutar del amanecer mientras esperas una ola, dice Eduardo, no tiene precio. El mar está más tranquilo, la energía se renueva y la conexión es total. No puedo estar más de acuerdo: empezar el día así es un privilegio.
Finalmente hablamos de costos y me encanta su filosofía: que nadie se quede con las ganas. La experiencia cuesta $800 pesos, dura dos horas e incluye todo: instrucción teórica y práctica, equipo profesional, hidratación, traje de neopreno y hasta fotos y tomas aéreas con drone para llevarse un recuerdo inolvidable. Operan a las 8:00 y 10:00 de la mañana, siempre monitoreando el oleaje para garantizar seguridad y emoción.
Nos despedimos y observo al grupo entrar al agua. Veo nervios, risas, caídas y triunfos. Primeras olas, gritos de felicidad, abrazos salados. Momentos que se quedan tatuados en el alma. Aquí, en el Golfo de México, el surf no es sólo un deporte: es libertad, conexión, aventura y una forma maravillosa de volver a empezar… ola tras ola.



