TRADICIÓN

Soñé a mi abuela con un Tecapún

En sus bordados descubrí que cada hilo resguardaba el origen del maíz, la memoria del pueblo totonaco y la historia de un universo tejido para no ser olvidado.

Anoche soñé a mi abuela.

No caminaba sobre la tierra: parecía brotar de ella, como brota el maíz cuando la lluvia recuerda su nombre. Sobre los hombros llevaba su tecapún blanco, tejido en telar de cintura con la paciencia de las mujeres que conocían el idioma de los hilos antes que el de las palabras.

Cuando el viento levantó la lana, entendí que aquella prenda no era un abrigo.

Era el mundo.

Mi abuela acarició el bordado y las águilas de dos cabezas abrieron los ojos.

—No las temas —me dijo—. Antes fueron la Pichawa, el monstruo que devoraba a la gente. Cuando una flecha atravesó su cabeza, dejó de sembrar miedo y se convirtió en el Sol para cuidar nuestros días.

Foto: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Entonces el árbol florecido comenzó a crecer desde su pecho. Sus ramas sostuvieron el cielo y sus raíces abrazaron la tierra. Entre las flores apareció el loro, todavía con polvo del cerro que rompió para liberar los primeros granos de maíz. Más arriba cantó el tordo, negro por haber desafiado el fuego para salvar las mazorcas. Un guajolote caminó entre las milpas enseñando que el alimento nunca nace sin trabajo. Después llegaron las mariposas; donde batían las alas, las nubes entendían que era tiempo de llover.

—Todo vive aquí —susurró mi abuela.

Vi entonces los rombos rojos. No eran adornos. Eran el camino de las serpientes que vuelan entre el cielo y la tierra, guardianas del equilibrio del universo.

Foto: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Comprendí que cada puntada guardaba un relato y que ninguna había sido bordada por capricho. Las mujeres no vestían únicamente un tecapún: llevaban sobre los hombros la memoria del origen, la milpa, el cielo y el destino del pueblo totonaco.

Quise preguntarle por qué casi nadie lo recordaba.

Ella bajó la mirada.

El tejido comenzó a desvanecerse, igual que las voces cuando dejan de hablar su lengua.

Desperté antes del amanecer.

Entonces comprendí que un pueblo no pierde primero sus prendas; pierde las historias que ellas resguardan. Cuando el último hilo olvida su significado, también comienza a deshilacharse la memoria.

Por eso hoy nombro el tecapún.

Porque mientras alguien recuerde lo que sus bordados cuentan, mi abuela seguirá caminando entre nosotros, con el universo entero tejido sobre sus hombros.


El tecapún

El tecapún o quechquémitl fue una prenda ceremonial y de uso cotidiano elaborada por mujeres totonacas de Chiconquiaco, Veracruz, principalmente para las mujeres casadas. Se confeccionaba en telar de cintura, con lana natural tejida en tafetán, y servía como abrigo durante el clima frío, además de formar parte del atuendo tradicional femenino.

Su iconografía reunía elementos fundamentales de la cosmovisión totonaca: la Pichawa (águila bicéfala), el árbol cósmico, el loro, el tordo, el guajolote, las mariposas y figuras geométricas asociadas al cielo y las serpientes. Cada motivo transmitía relatos de origen, enseñanzas sobre el cultivo del maíz y la concepción del universo.

Su uso permaneció hasta la primera mitad del siglo XX y desapareció hacia la década de 1960, como consecuencia del desplazamiento de la indumentaria tradicional y del abandono de la lengua y la identidad indígena. Hoy el tecapún es una pieza patrimonial poco conocida, incluso entre los propios habitantes de Chiconquiaco, y constituye un valioso testimonio de la memoria cultural del pueblo totonaco.

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Lolo Álvarez

Fotógrafo y pintor. Apasionado de los paisajes marinos y sus cercanías.

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