Almolonga: más de 200 años de bailes en las calles
El Carnaval Afromestizo reafirma su origen ancestral en Veracruz con fuego, danza y una comunidad que mantiene intacta su herencia cultural.

Llegué a Almolonga con la mirada entrenada para buscar horizontes abiertos. Soy fotógrafo de paisajes marinos; persigo la línea donde el agua comienza y termina las cosas. Pero esta vez el oleaje no era de espuma: era humano. Un mar de pasos, de tambor y de historia me recibió en el Carnaval Afromestizo de Almolonga, en el municipio de Naolinco, Veracruz.
La celebración inició el viernes 27 de febrero de 2026, a las tres de la tarde, con el tradicional corte de listón. A las cuatro, la Purificación de Pecados —la Quema del Mal Humor— encendió el corazón simbólico de la fiesta. El fuego ardió como si consumiera el peso del año entero y, cuando el humo se elevó sobre los techos, la banda ya marcaba el compás de lo que vendría: comunidad, baile y memoria compartida.

Donde el fuego abre el tiempo
En ese primer día entendí que aquí el carnaval no es un espectáculo: es un ritual. La gente no asiste, participa. El humo no solo limpia; inaugura un ciclo. Mientras fotografiaba, escuché a una mujer decir, todavía con olor a leña en el cabello:
—“Es botar el estrés del año en una fogata gigante mientras todos bailan como si el mundo se acabara mañana… ¡y ojalá durara más!”
La frase me acompañó el resto de la tarde. En cada paso, en cada abrazo, había una sensación de renovación. No era exageración festiva; era necesidad colectiva.

El pulso afromestizo que sostiene la fiesta
El sábado 28, las coronaciones de la Reina Infantil y la Reina del Carnaval 2026 confirmaron que esta tradición se hereda con orgullo. Las calles empedradas se llenaron de danzantes y visitantes de Xalapa, Naolinco y comunidades cercanas. Desde mi lente, el color se movía como corriente viva. Los metales brillaban bajo el sol, los tambores marcaban un pulso que parecía antiguo y presente al mismo tiempo.
Alguien me ofreció café y, entre risas, me dijo:
—“Aquí el café se toma bailando. Si no te mueves con la banda, te quedas tieso.”

Y tenía razón. La música no permite inmovilidad. Hay algo profundamente identitario en esos recorridos masivos del domingo 1 de marzo, en la Danza de los Disfrazados que atraviesa generaciones. Los mayores observan; los niños aprenden. Más de 200 años de historia no se explican en discursos: se transmiten con el cuerpo.
Otro joven, todavía sonriendo, comentó:
—“Después de vivir esto, hasta el lunes en la oficina se siente distinto.”
El carnaval transforma, aunque sea por unos días, la manera en que se mira la rutina.

Más de 200 años que se bailan, no se cuentan
Almolonga alberga uno de los carnavales más antiguos de Veracruz, con más de dos siglos de herencia afromestiza en el centro del estado. Y esa antigüedad no pesa; sostiene. Aquí no hay estridencia comercial ni artificio desmedido. Hay raíz. Hay comunidad. Hay una celebración que resiste el paso del tiempo porque nace de la gente.
Mientras ajustaba el enfoque para una última toma, alguien a mi lado murmuró:
—“No es solo fiesta. Es como si los ancestros bajaran a bailar con nosotros.”
Miré alrededor y lo entendí. En cada paso, en cada nota, en cada recorrido que culminará el lunes 2 de marzo con La Vaquita y la clausura oficial, late una memoria que no se oxida.
Yo volveré al mar, a mis amaneceres salados y horizontes abiertos. Pero me llevo otra marea en la cámara y en el pecho: la de un pueblo que, desde hace más de 200 años, convierte sus calles en un océano de tradición que no deja de moverse.
Cuando la fiesta termina cada noche, nosotros empezamos a trabajar



