TRADICIÓNVISTA

La isla como destino, el agua como hogar: la historia de Sebastián Sánchez

Uno de los fundadores de Ímpetu by Tláloc y profesor de historia conquistó dos terceros lugares consecutivos en Arrecifes 2026, pero asegura que las aguas abiertas le han enseñado mucho más que subir a un podio.

Por Darinel Becerra | Director de Riviera Veracruz NOW

A las cinco de la tarde el calor seguía cayendo sobre Boca del Río como una segunda piel.

Más de 40 grados centígrados, humedad superior al 90%, el eco de los silbatos rebotando en el agua y decenas de nadadores ocupando cada carril del Complejo Acuático Leyes de Reforma.

Las aves cantaban entre los árboles mientras los entrenadores corregían brazadas y cronómetros. Ahí, en la alberca que alguna vez observó con asombro siendo un joven aspirante al Heroico Colegio Militar, estaba sentado Juan Sebastián Sánchez Hernández.

Profesor de historia.

Entrenador.

Fundador de Ímpetu by Tláloc.

Nadador de aguas abiertas.

Y, sobre todo, un hombre cuya vida parece haber sido guiada por el agua mucho antes de que él lo supiera.

Mientras comenzábamos la entrevista, observé algo curioso. Sebastián no responde desde la vanidad de los logros. Habla como quien sigue intentando comprenderse.

—¿Quién es Sebastián hoy? —le pregunté.

Se quedó pensando unos segundos.

Soy lo que he hecho con lo que hicieron de mí. A partir de eso he ido tomando mis propias decisiones. Creo que eso es lo que soy.

La frase quedó suspendida entre el ruido de las salpicaduras.

Era una respuesta sencilla, pero también la confesión de alguien que entiende que ninguna historia se construye solo.

El maestro de historia que eligió enseñar dentro y fuera del agua

Antes de hablar del mar, de las islas o de las medallas, quise entender quién era Sebastián lejos del traje de baño y de los goggles.

La respuesta fue inmediata.

Es profesor de secundaria en el sistema federal.

Da clases de historia.

Y quizá no sea casualidad.

Porque escuchar a Sebastián es escuchar a alguien que constantemente busca el origen de las cosas.

Las causas.

Los procesos.

Las personas que hicieron posible un resultado.

Esa misma mirada terminaría apareciendo una y otra vez durante nuestra conversación.

El niño que perseguía delfines inflables

Sebastián nació en Coatepec, Veracruz.

Mucho antes de las medallas, de los podios o de las travesías hacia Isla de Sacrificios, existió un niño que simplemente quería estar dentro del agua.

Su mamá suele contarle que desde muy pequeño disfrutaba permanecer en la tina durante horas.

Las primeras clases de natación no fueron precisamente exitosas.

—Nos aventaban a la alberca y yo estaba muy chiquito. La alberca era profunda y me daba miedo.

Pero sus padres insistían.

Cada fin de semana aparecían nuevas albercas recreativas en la geografía de su infancia: Los Limones, Los Delfines, La Zarzuela, Pocitos, Carrizal.

Y siempre ocurría lo mismo.

Si alguien no quería entrar al agua, Sebastián protestaba.

—Yo hacía berrinche. Les decía: “¿Entonces para qué me trajeron? Métanse”.

Su hermana María Marta, mayor que él, fue compañera permanente de aquellas expediciones acuáticas.

No competían.

No cronometraban tiempos.

Simplemente jugaban.

Corrían dentro del agua.

Chapoteaban.

Inventaban aventuras.

Hoy, al escuchar esos recuerdos, resulta evidente que el agua ya estaba construyendo silenciosamente el mapa emocional de su vida.

Medalla finisher, medalla de primer lugar de categoría y trofeo de primer lugar absoluto de Arrecifes, en su tercera edición.

La alberca que apareció dos veces

Hay lugares que regresan.

Leyes de Reforma es uno de ellos.

Sebastián llegó por primera vez siendo adolescente.

Necesitaba aprobar una prueba de natación para ingresar al Heroico Colegio Militar.

Nunca había visto una instalación así.

—Recuerdo que terminé el examen y pensé: “Ojalá pudiera nadar aquí más tiempo”.

Años después la vida hizo uno de esos giros imposibles de anticipar.

Terminó trabajando en Veracruz.

Terminó entrenando en Leyes de Reforma.

Y más tarde se convirtió en salvavidas del propio complejo.

Aquella alberca que observó como visitante terminó convirtiéndose en una segunda casa.

—Eso me desarrolló un sentido de pertenencia muy fuerte.

Lo entiendo.

Porque quienes entrenamos aquí sabemos que Leyes de Reforma no es solamente una instalación deportiva.

Es una comunidad.

Un lugar donde las historias terminan cruzándose.

La isla que primero existió en su imaginación

La primera vez que Sebastián imaginó nadar hacia una isla todavía no era nadador de aguas abiertas.

Se hospedaba con su padre cerca del mar.

Desde la playa observó una isla en el horizonte.

Y pensó:

“Estaría increíble ir nadando hasta allá y regresar.”

La idea quedó guardada.

Dos años después encontró una publicación de GranRetto.

Se inscribió.

Y descubrió un universo nuevo.

Lo escucho hablar sobre las aguas abiertas y noto que evita una palabra: competir.

Prefiere otra.

Participar.

—Cuando uno habla de competir pone expectativas muy altas. A mí me gusta sentirme libre en el agua.

Quizá esa frase explique muchas cosas.

Porque para Sebastián el mar nunca ha sido un rival.

Ha sido un compañero.

El miedo también nada

Todos los nadadores de aguas abiertas guardan una historia de miedo.

La de Sebastián ocurrió entre arrecifes.

Durante una travesía entre Isla de Enmedio y Salmedina, la corriente comenzó a empujarlos peligrosamente cerca de las formaciones coralinas.

El agua se agitaba.

Las rocas parecían acercarse.

El espacio era reducido.

—Pensé en pedir que me recogieran.

Pero enseguida entendió algo.

La lancha tampoco podía entrar.

Estaban solos.

Con el arrecife.

Con la corriente.

Con sus pensamientos.

—Sentí pánico.

No fue miedo a morir.

Fue miedo a perder el control.

Y quizás esa sea una de las lecciones más importantes de las aguas abiertas: aprender que el valor no consiste en no sentir miedo, sino en seguir avanzando mientras lo sientes.

Juan Sebastián Sánchez Hernández escucha atento los consejos de Daniel Delgadillo Faisal, nadador olímpico mexicano en Tokio 2020 y actual presidente de la Asociación Deportiva de Natación y Natación en Aguas Abiertas de México.

Veinte kilómetros para encontrarse a sí mismo

Mientras conversábamos, hubo una experiencia que apareció varias veces de forma indirecta en sus respuestas y que ayuda a entender la dimensión de su relación con las aguas abiertas.

No se trata de una medalla.

Ni de un podio.

Ni siquiera de una competencia.

Se trata de un reto de 20 kilómetros en Yucatán.

Una distancia que para la mayoría de las personas resulta difícil siquiera imaginar.

Quienes nadan en alberca suelen medir sus esfuerzos en largos.

Quienes nadan en mar abierto aprenden a medirlos en horas.

Y veinte kilómetros representarán una conversación prolongada consigo mismo.

Sebastián recordará aquella travesía como uno de los desafíos más importantes que ha enfrentado dentro del agua.

No porque estuviera persiguiendo una posición en la clasificación.

Tampoco porque existiera una recompensa material al final.

La motivación es otra.

Comprobar hasta dónde puede llegar cuando el cuerpo comienza a negociar con la mente.

Cuando los hombros pesan.

Cuando la respiración deja de sentirse cómoda.

Cuando el horizonte parece inmóvil.

En las aguas abiertas ocurre algo curioso: el cansancio físico termina convirtiéndose en una experiencia emocional.

Cada brazada obliga a tomar una decisión.

Seguir.

O detenerse.

Y durante veinte kilómetros esa decisión debe tomarse miles de veces.

Escuchándolo hablar entendí que ese reto resume buena parte de su personalidad.

Sebastián no parece sentirse atraído por las metas que producen aplausos.

Le interesan más aquellas experiencias que dejan preguntas.

Las que obligan a descubrir algo nuevo sobre uno mismo.

Quizá por eso, al planear ese recorrido en aguas yucatecas, no habla de tiempos ni estadísticas.

Habla de aprendizaje.

Habla de confianza.

Habla de resistencia.

Y habla, sobre todo, de gratitud.

Porque después de tantos años en albercas, playas, arrecifes e islas, sigue viendo el agua con la misma fascinación del niño que insistía a sus padres para que entraran a nadar con él.

El podio y las personas invisibles

Hace apenas unos días Sebastián logró dos terceros lugares consecutivos durante Arrecifes 2026.

Tercer lugar en los 5 kilómetros.

Tercer lugar en los 10 kilómetros.

Dos medallas.

Dos reconocimientos.

Dos días de esfuerzo.

Sin embargo, cuando le pregunto por esos resultados, no habla de sí mismo.

Habla de los demás.

Menciona a Marco, de Cerberos.

Recuerda a Luis.

A Adrián.

A profesores de Coatepec.

A entrenadores que estuvieron apenas unos meses.

A personas que le enseñaron una corrección técnica, una respiración, una brazada.

—Todas esas pequeñas aportaciones me hacen el nadador que soy.

Y entonces comprendo la respuesta que me dio al principio.

“Soy lo que he hecho con lo que hicieron de mí.”

La frase vuelve.

Ahora tiene más sentido.

Ímpetu: devolver al agua lo que el agua le dio

Hay algo más que distingue a Sebastián.

No se conformó con convertirse en nadador.

Decidió formar comunidad.

Por eso nació Ímpetu by Tláloc.

Un equipo que hoy encuentra en Playa Tortuga su punto de partida para algunas de las travesías más emblemáticas de Veracruz, incluidas las rutas hacia Isla de Sacrificios.

Más que un grupo de entrenamiento, Ímpetu se ha convertido en un espacio donde nuevos nadadores descubren las aguas abiertas acompañados por alguien que entiende perfectamente sus dudas, sus miedos y sus sueños.

Porque él mismo recorrió ese camino.

De izquierda a derecha: José Luis Pablo Navarro, Julio Alberto Torres Serrano y Juan Sebastián Sánchez Hernández, fundadores de Ímpetu by Tláloc, durante su participación en Tecolutla Aguas Abiertas 2025. Unidos por la pasión por el mar y el deporte, han contribuido a consolidar una comunidad que promueve la disciplina, la amistad y el amor por las aguas abiertas en Veracruz.

La alberca más grande del mundo

Cuando terminamos la entrevista, la tarde comenzaba a rendirse.

Los entrenamientos seguían.

Los silbatos seguían.

Los cronómetros seguían.

Sebastián debía volver al agua.

Antes de despedirnos le pregunté cuántas veces había nadado hacia Isla de Sacrificios.

Sonrió.

—Muchísimas.

Luego añadió una frase que resume perfectamente quién es:

—Para mí, la isla es la alberca más grande.

Quizá por eso resulta tan fácil entenderlo.

Porque algunos nadadores persiguen récords.

Otros persiguen podios.

Sebastián parece perseguir algo diferente.

La misma sensación que buscaba aquel niño de Coatepec que insistía para que todos se metieran al agua.

La misma libertad que imaginó cuando observó una isla por primera vez.

La misma que hoy comparte con quienes entrenamos junto a él en Ímpetu by Tláloc.

Una libertad que no cabe en una alberca.

Y que sólo puede encontrarse mar adentro.

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