TRADICIÓN

Ala de Ángel, el pueblo fantasma donde habita el mar y las dunas

Entre montañas de arena que avanzan y olas que no ceden, quedan ruinas habitadas por memoria, abandono… y presencias difíciles de explicar.

No vine por morbo a Ala de Ángel. Dicen que es un pueblo fantasma. Eso me repetí mientras avanzaba. Pero la cámara temblaba en mis manos.

El mar veracruzano golpea sin descanso. Una y otra vez.
No es ruido. Es insistencia. Como si llamara a alguien por su nombre.

Camino por lo que fue una calle. Ahora es arena.
Ochenta centímetros, tal vez más. La duna se ha metido hasta las entrañas de las casas.
Fotografío fachadas abiertas, escaleras que ya no llevan a ningún sitio.
Pienso en ellos. Veintiuno, dicen. Pescadores, familias.
No hubo forma de salvarlo. Ni con dinero, ni con promesas. El mar no negocia.

Fotografía © Riviera Veracruz Magazine.

Disparo otra vez.
El clic suena demasiado fuerte.

Entro a una casa a medias.
La puerta cuelga. El aire huele a sal y madera podrida.

En la cocina hay platos.
Un vaso, volteado.
Una cuchara oxidada.

En la pared, un retrato.
Una familia congelada en un día que no sabía que sería el último.

Siento algo raro en el pecho. No es tristeza.
Es culpa.

Como si estuviera llegando tarde a algo que todavía está pasando.

El cuarto está medio enterrado.
La arena sube por la cama. La devora despacio.

El viento entra por la ventana rota.
Pero el sonido… no es solo viento.

Fotografía © Riviera Veracruz Magazine.

Es un murmullo bajo.
Irregular.

Disparo.
Otra vez.
Otra.

Reviso la pantalla.

No estoy solo.

No hay nadie cuando levanto la vista.
Solo polvo. Solo arena moviéndose.

Pero en la foto…
algo está detrás del marco de la puerta.

No lo había visto antes.

No se parece a una persona.
Pero tampoco es sombra.

Cierro la cámara. No quiero volver a mirar.

Salgo de la casa. El mar golpea más fuerte ahora.
Más cerca.

Demasiado cerca.

Camino rápido.
Siento pasos detrás de mí, pero cuando me detengo, el sonido también se detiene.

Como si me imitara.

No todo el pueblo está muerto.
Eso es lo que entendí demasiado tarde.

Algunas cosas… se quedaron.

No porque quisieran.

Porque no las dejaron ir.

Escribo esto ya lejos, con las manos aún sucias de arena.
Todavía encuentro granos en los bolsillos. En el equipo. En la piel.

No importa cuánto me lave.

Sigo sintiendo que algo vino conmigo.

No voy a volver a Ala de Ángel.

No es por el abandono.
No es por el mar.

Es porque en algunas fotos…

cuando el obturador se cerró…

algo también decidió quedarse abierto.

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Lolo Álvarez

Fotógrafo y pintor. Apasionado de los paisajes marinos y sus cercanías.

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