TRADICIÓN

Velas del alma, capa a capa desde Papantla

En la sombra de los patios, las velas de abeja se elaboran como un acto colectivo que transforma materia, tiempo y creencia en luz.

Llegué a Papantla con la intuición de que aquí la luz no era un objeto, sino una práctica antigua que sigue respirando en lo cotidiano.

Aquí las llaman sin rodeos: velas de cera de abeja. Y ese nombre, sencillo, contiene siglos.

El manejo de la cera en este territorio no es reciente. Es una continuidad larga, profunda, que atraviesa generaciones. Hoy, aunque existen especialistas que producen en mayor volumen, en muchas casas —como las que encontré— las familias siguen haciendo sus propias velas varias veces al año. No para venderlas necesariamente, sino para usarlas cuando realmente importan.

Porque estas velas no son utilitarias en el sentido moderno. Son ceremoniales.

Foto cortesía Ayuntamiento de Papantla.

Se hacen con cera de abeja pura, sin blanquear. Ambarina, dorada, cambiante según la región. Existe la técnica para blanquearla —me hablaron de las pequeñas cúpulas que se forman con la jícara y se dejan al sol durante días—, pero aquí no se busca ese blanco. Aquí se prefiere el color original, porque así la cera conserva su carácter, su vínculo con lo vivo.

El proceso ocurre, casi siempre, en la sombra, afuera de la casa. No es casual: el aire ayuda a que cada capa se enfríe y se asiente con paciencia.

El aro —de cerca de un metro— cuelga con sus ganchos, separados con precisión. De ellos penden los pabilos de algodón, hilados y torcidos a mano. Antes de comenzar, se sumergen en la cera líquida para que adquieran cuerpo y puedan mantenerse rectos. Ese pequeño gesto inicial ya contiene técnica y experiencia.

Debajo, la cera se mantiene líquida en un recipiente de barro vidriado. El calor viene de un fogón o una estufa cercana, pero nunca demasiado próxima. La cera no debe alterarse, sólo mantenerse disponible.

Foto cortesía Ayuntamiento de Papantla.

Entonces comienza el ritmo.

Con una mano se sostiene el aro. Con la otra, se toma la jícara y se vierte la cera sobre cada pabilo. La cera cae, se desliza, se enfría. Forma una capa. Luego otra. Y otra más. El aro se recorre con los dedos, hilo por hilo, repitiendo el gesto hasta alcanzar el grosor deseado —generalmente velas de unos 35 centímetros.

No hay desperdicio. Es raro ver que la cera gotee. Hay una precisión que no se enseña con palabras.

Después de dos o tres vueltas, el aro se suelta, regresa a su lugar, y la cera se vuelve a calentar. El ciclo continúa.

Y en ese ir y venir, algo se revela: estas velas son flexibles, vivas en su estructura. No se quiebran como las industriales. Se adaptan. Como si conservaran algo del origen del que vienen.

Su destino no es cualquier espacio.

Foto Ayuntamiento de Papantla.

En regiones como ésta —y en muchas otras del centro y sur de México— estas velas acompañan ceremonias, ofrendas, momentos donde la luz adquiere intención. Durante los días en que la memoria se vuelve presencia, su llama guía. En otros contextos, protege, marca, sostiene.

Incluso, en lugares donde la electricidad no llega, siguen siendo luz cotidiana. Pero incluso ahí, no pierden su carga simbólica.

Lo que más me marcó no fue aprender el proceso, sino entender su coherencia.

La pureza del material, la lentitud del gesto, la colectividad del trabajo, el uso ceremonial. Todo pertenece al mismo sistema.

Nada está separado.

Yo llegué pensando que observaría un oficio.

Pero lo que vi fue una forma de entender la luz: no como algo que se enciende sin pensar, sino como algo que se prepara… para cuando de verdad hace falta.

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Dulce Tapia

Amante del café, sin ser experta, y de la comida, sin ser experta, pero que ha viajado por todo el mundo y puede comparar los buenos cafés porque ha degustado café en los mejores lugares.

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