TRADICIÓNVISTA

El mar que trajo a Manuelito a Boca del Río

En Guerrero, la tradición cuenta que el Niño Milagroso llegó desde el océano para proteger a la comunidad. Ahora, ese mismo mar avanza sobre las casas, los negocios y el santuario de un pueblo aferrado a su territorio y a su fe.

La tradición oral de Boca del Río cuenta que Manuelito apareció en el mar. Unos dicen que encontraron su imagen entre las aguas; otros, que fue visto jugando en la orilla con otro niño y que, después de hablar con un habitante, decidió quedarse para cuidar al pueblo. Nadie puede fijar el día en un calendario, pero todos saben dónde comenzó la historia: frente al océano.

Desde entonces, Manuelito habita el corazón de la comunidad. Su imagen, vestida y cubierta de cadenas, medallas y ofrendas, recibe flores, veladoras, juguetes y plegarias. A él se encomiendan las familias cuando llega la enfermedad o falta el dinero para enfrentarla. Cada 6 de enero, peregrinos de distintos lugares vuelven para agradecerle favores, cumplir una manda o pedirle que no los abandone.

La paradoja se encuentra hoy frente a sus puertas. El mismo mar que habría llevado a Manuelito hasta Boca del Río es el que está entrando en las casas, derribando paredes y borrando la franja de tierra que separaba al pueblo del agua. El océano que alimentó a generaciones de pescadores amenaza ahora con llevarse el lugar que el Niño Milagroso prometió proteger.

Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.
Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.
Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.

El pueblo de Manuelito

Boca del Río se levanta en una estrecha franja de la Costa Chica de Guerrero. De un lado está el Pacífico; del otro, un estero rodeado por manglares y cocoteros. En medio quedaron las viviendas, las calles, los pequeños negocios y las enramadas donde las familias convirtieron los productos del mar en sustento.

El arco de entrada anuncia la identidad del lugar antes que cualquier mapa: “Bienvenidos Boca del Río. Río del Niño Milagroso Manuelito”. No es únicamente una referencia religiosa. Es una declaración de pertenencia. El pueblo y el niño forman parte de una misma historia.

Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.
Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.

No existen archivos conocidos que permitan fechar el origen de la imagen ni comprobar los milagros que se le atribuyen. Lo que existe es una memoria transmitida de boca en boca. Rogelio Pérez contó que pidió la ayuda de Manuelito cuando su esposa enfermó gravemente y la familia no podía pagar operaciones costosas. Víctor Alfonso Osuna aseguró que había recibido los favores solicitados.

Son testimonios de fe. También son la explicación de por qué Manuelito permanece en el centro de la vida comunitaria. En un lugar donde la enfermedad, la pobreza y las tormentas pueden cambiarlo todo de un día para otro, creer que alguien protege al pueblo es también una forma de resistir.

Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.

Cuando el mar cruzó la orilla

La amenaza no llegó en un solo golpe. Fue avanzando con cada temporada, cada marejada y cada nuevo episodio de mar de fondo.

El 16 de abril de 2026, Protección Civil de Guerrero advirtió que Florencio Villarreal, municipio al que pertenece Boca del Río, enfrentaría oleaje de entre 1.5 y 2.1 metros, ingreso del agua a zonas bajas y erosión costera. La autoridad recomendó retirar palapas, mobiliario y establecimientos semifijos de la franja de arena.

El 8 de junio, la tormenta tropical Boris se aproximó a Guerrero. El pronóstico oficial anticipó lluvias de entre 150 y 250 milímetros, rachas de viento de hasta 90 kilómetros por hora y olas de cuatro a cinco metros en la costa. Después comenzaron a circular las imágenes: arena dentro de las calles, viviendas alcanzadas por el agua, negocios destruidos y estructuras que ya no podían sostenerse.

Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.
Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.
Manuelito, “El Niñito Milagroso de Boca del Rio”, Gro.

Los reportes periodísticos hablaron de por lo menos 25 enramadas y más de 100 viviendas afectadas. La cifra adquiere otra dimensión cuando se compara con los datos del Censo de 2020: Boca del Río tenía 459 habitantes y 115 viviendas particulares habitadas. Si el recuento difundido por pobladores y medios es correcto, el oleaje habría alcanzado de alguna manera a casi toda la comunidad.

No existe todavía un censo oficial que establezca cuántas casas resultaron inundadas, cuántas sufrieron daños estructurales y cuántas dejaron de ser habitables. Tampoco se localizó un estudio público que mida el retroceso de la costa o presente un proyecto para proteger o reubicar al pueblo.

El 3 de julio se emitió una nueva alerta por mar de fondo, con olas de hasta 2.4 metros. Una semana después, la prensa local documentó el colapso de viviendas, palapas, bardas y estructuras de concreto. La antigua iglesia de Manuelito también fue alcanzada.

La cuenta del santuario describió entonces lo que los datos oficiales todavía no alcanzaban a explicar: el mar, fuente de vida, sustento y esperanza durante generaciones, avanzaba con fuerza y arrebataba poco a poco una parte de su tierra.

La fe frente al océano

Boca del Río no ha desaparecido. En sus calles siguen viviendo familias; hay casas habitadas a pocos metros de las ruinas y personas que se niegan a abandonar el territorio donde crecieron. Pero la frontera del pueblo se ha movido. Donde antes había habitaciones y negocios, ahora el agua encuentra paredes abiertas, restos de concreto y arena.

La pérdida no se mide solamente en metros de playa. Cada vivienda derribada también contiene una mesa familiar, una cocina, años de trabajo y la memoria de quienes aprendieron a vivir frente al mar sin imaginar que alguna vez tendrían que defenderse de él. Cada enramada perdida significa menos ingresos. Cada muro caído acerca el océano a la siguiente casa.

En el santuario, Manuelito permanece rodeado de flores y ofrendas. Su imagen continúa recibiendo peticiones de salud, trabajo y sustento. Pero sobre todas ellas parece levantarse una nueva súplica: que Boca del Río pueda seguir siendo un pueblo y no termine convertido únicamente en el recuerdo de lo que alguna vez hubo frente al mar.

La tradición dice que Manuelito llegó desde las aguas para proteger a la comunidad. Ahora son sus habitantes quienes protegen su imagen mientras esperan ayuda para defender el territorio.

El pueblo conserva la fe en Manuelito.

Frente a ellos, el océano no promete detenerse.

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Elias del Mar

El columnista desmonta modas, lugares comunes, discursos mediáticos y finge hablar de cosas pequeñas (el café, la lluvia, un perro callejero), pero en realidad lanza dardos contra lo mediocre, lo corrupto y lo pretencioso.

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