Cada lluvia me devuelve a aquel norte
Una memoria de infancia entre palmeras dobladas por el viento, ventanas que temblaban y el rugido inconfundible del mar.
En estos días de lluvia vuelvo a aquel recuerdo.
No regresa completo. Llega primero como un sonido. Un silbido largo entre las rendijas de una ventana, el crujido de una puerta mal cerrada, el golpe insistente de algo que el viento arrastraba por la calle.
Era niño la primera vez que viví un norte en Veracruz.
Aquella madrugada desperté sin saber por qué. La casa parecía distinta. Había una inquietud en el aire que no conocía. Las ventanas temblaban y el techo emitía pequeños quejidos. Me acerqué a mirar hacia afuera y descubrí un mundo transformado.
Las palmeras se inclinaban como si estuvieran rindiendo obediencia a una fuerza invisible. El mar, que durante el día parecía inmenso y sereno, había cambiado de voz. Rugía. Cada ola llegaba con furia y desaparecía envuelta en espuma. El viento arrancaba fragmentos del océano y los lanzaba contra la oscuridad.
Recuerdo el cielo. No era negro. Era una mezcla de grises profundos y luces inesperadas. Entre las nubes se abrían ventanas por donde escapaban rayos de sol que caían sobre el agua como columnas de plata. Aquella escena me parecía imposible: el mar embravecido y, al mismo tiempo, la luz atravesando las tormentas.
Mi abuelo observaba el horizonte en silencio. Sin apartar la mirada dijo solamente:
—Ya entró el norte.
No necesitó explicar nada más.
Con los años entendí que los veracruzanos aprendemos a reconocerlo antes de verlo. Lo anuncian las ramas que se agitan, el olor salado que invade las casas, el rumor creciente del mar y esa manera particular en que el viento toma posesión de la costa.
Por eso, cuando llegan jornadas como estas, cargadas de lluvia y nubes bajas, regreso inevitablemente a aquella mañana de infancia. Vuelvo a las palmeras dobladas frente al Golfo, al cielo abierto entre tormentas y al sonido profundo del viento recorriendo Veracruz.
Hay recuerdos que se guardan en fotografías. Otros permanecen para siempre en los oídos.
Ala de Ángel, el pueblo fantasma donde habita el mar y las dunas



